Nada sin Ti, nada sin mí

Nada sin Ti, nada sin mí

Hay dibujos que uno crea con las manos, y hay otros que se dibujan lentamente en el alma.

Este es uno de ellos.

"Nada sin Ti, nada sin mí" ha ido cambiando con el tiempo. No porque el dibujo estuviera incompleto, sino porque yo también lo estaba. Cada línea nueva, cada detalle añadido, ha sido como una página más de mi historia de fe. Mientras el diseño se pulía, también se pulía mi corazón.

Siempre me ha gustado pintar árboles.

No flores.

Árboles.

Árboles con troncos anchos que parecen haber escuchado durante siglos los secretos del viento. Árboles de cortezas profundas, llenas de surcos y texturas, como las marcas que deja la vida en quienes han aprendido a permanecer de pie durante las tormentas. Árboles de hojas verdes que no solo crecen hacia el cielo, sino que también hunden sus raíces en la tierra, recordándonos que para elevarse hay que aprender primero a pertenecer.

El estilo: forma de vitral... 

Ventanas de colores que habitan las iglesias antiguas y las viejas catedrales de Europa. Ventanas que no detienen la luz, sino que la transforman. Porque la luz nunca llega igual; atraviesa los colores, se fragmenta, danza y pinta el suelo de historias.

Quizás por eso me gustan tanto.

Porque nuestra vida también es un vitral.

No es oscuridad permanente ni luz cegadora. Es una mezcla misteriosa de alegrías, heridas, esperanzas y encuentros que, cuando Dios los atraviesa con su gracia, terminan convirtiéndose en belleza.

En el centro de todo aparece un pequeño Santuario.

Pequeño a los ojos del mundo.

Inmenso para el corazón de quienes lo frecuentamos.

Y sobre la punta de su cruz hay un diminuto pajarito. Nadie sabe cuándo llegó. Tal vez siempre estuvo allí. Permanece quieto, contemplando el paisaje, como quien ha descubierto que el secreto de la felicidad no está en volar sin descanso, sino en saber dónde descansar las alas.

Alrededor del Santuario revolotea una mariposa.

No podía faltar.

Las mariposas tienen para mí un significado. Cada mariposa parece traer un mensaje escrito en un lenguaje que solo entiende el corazón de quienes dejamos partir a nuestros seres amados.

Cuando aparece una mariposa, algo dentro de mí sonríe.

Como si el cielo encontrara una forma sencilla de recordarme que el amor nunca muere.

Por eso ella vuela cerca del Santuario.

Porque el Santuario es justamente eso: el lugar donde el cielo toca la tierra sin hacer ruido.

También está la Cruz de la Unidad.

Firme.

Silenciosa.

Recordándonos que el amor verdadero no huye del sacrificio, sino que lo transforma en redención. Maria junto a la cruz, siempre junto a Jesus. 

Y está el Padre Kentenich.

Pero no dentro del Santuario.

Está afuera. Observando. Como un padre que espera.

Como un jardinero que contempla crecer aquello que sembró.

Mira a cada peregrino que camina hacia el Santuario y, desde el cielo, continúa intercediendo por cada hijo que vive la Alianza, por cada corazón que intenta responder a la misión que Dios le ha confiado.

Muy cerca hay un banco. Vacío. O quizás no...Porque en realidad está reservado.

Esperando a quien necesite sentarse un momento.

Esperando una conversación pendiente con Dios.

Esperando lágrimas, agradecimientos, silencios, preguntas o simplemente compañía.

Ese banco existe para recordarnos que siempre hay un lugar para nosotros junto a la Mater.

Todo sucede en medio de un paisaje lleno de flores, de hierba intensamente verde y de una belleza serena que parece salida de un sueño.

Pero no es un sueño.

Es una promesa.

La promesa de que cuando caminamos de la mano de María, la vida florece incluso después del invierno.

Y quizás eso es lo que este dibujo intenta decir.

Que el Santuario no es solo un lugar.

Es un hogar.

Que la Alianza no es solo una oración.

Es una forma de vivir.

Y que al final de cada camino, de cada alegría, de cada cruz y de cada milagro escondido en lo cotidiano, sigue resonando la misma frase que ha acompañado a generaciones de hijos de María:

"Nada sin Ti. Nada sin mí."

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