Todos los Santuarios del mundo son especiales. Quienes los visitamos lo sabemos de sobra.
Cada uno guarda una historia, una gracia, un encuentro. Y en mi corazón hay varios que ocupan un lugar muy especial.
El primero es el Santuario Nacional de Guayaquil, al que iba desde niña. En ese tiempo no era lo que es hoy. No había tantos salones, casa de retiro, iglesia, etc., ni siquiera un camino de adoquines que condujera hacia él. Lo que lo hacía singular era la hiedra que cubría sus paredes exteriores, dándole un aire tan propio y tan acogedor. Similar en aquel entonces al Santuario Original de Alemania. Allí vivimos retiros, encuentros, picnics… tantos momentos que quedaron grabados para siempre en mi memoria y en mi corazón.
Luego vino el Santuario de Ciudad Celeste. No pude disfrutarlo tantos años como quizás me hubiera gustado, pero aun en ese tiempo relativamente corto se convirtió en un lugar muy especial para mí. Fue allí donde puse a los pies de la Mater una decisión muy grande de nuestra vida: nuestro cambio de país y el comienzo de una nueva etapa.
Y finalmente llegó el Santuario de Miami.
Cuando nos mudamos aquí, todavía no existía. Por lo que en sus paredes quedaron grabados nuestros nombres, durante su construcción, junto a los de muchas otras familias, como expresión del anhelo de tener nuevamente ese pedacito de cielo que tanto extrañábamos de Ecuador.
Con el paso del tiempo, quince años y un poco más, se ha convertido en uno de mis santuarios favoritos. Mi segundo hogar. No porque pase largas horas allí, sino por el calor de hogar, Gracia de Cobijamiento, que siento cada vez que llego.
Su nombre, “Luz y Camino hacia el Padre Misericordioso”, guarda un mensaje profundamente significativo.
Al acercarse al Santuario, algo llama inmediatamente la atención: las pisadas hechas con el zapato del Padre Fundador, que marcan el camino que conduce hasta él. No son solo huellas en el suelo. Son un símbolo profundo de que el Padre Kentenich nos invita a caminar un camino de fe, paso a paso, un camino que finalmente nos conduce hacia Dios.
Otro elemento muy propio de este Santuario es el faro, su símbolo.
El faro representa orientación, esperanza, luz. Esa luz que tantas veces necesitamos en nuestra vida para no perder el rumbo.
En mi corazón, el faro también tiene un significado muy personal: es la luz que necesito en los momentos de oscuridad, esa luz que me recuerda hacia dónde mirar cuando el camino parece incierto.
Y finalmente están las palmeras. No forman parte del nombre del Santuario, ni son su símbolo, pero sí son parte de algo que lo hace único: el lugar donde se encuentra: Miami.
Las palmeras enmarcan el Santuario, lo rodean y lo acompañan silenciosamente. Con el tiempo se han vuelto parte de su identidad. Curiosamente, también forman parte del Santuario de Ciudad Celeste, y para mí no son solo parte del paisaje, sino también testigos de tantos recuerdos y momentos que han ido quedando grabados en el corazón.
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